SILENCIO

SILENCIO (Silence). Estados Unidos/Italia/México/Japón 2016. Director: Martin Scorsese. Guión: Jay Cocks, Martin Scorsese, sobre novela: Shusaku Endo. Fotografía: Rodrigo Prieto. Música: Kim Allen Kluge, Kathryn Kluge. Producción: Martin Scorsese, para i Film/SharpSword Films/Catchplay/IM Global/EFO Films/G&G/Sikelia Productions/Cappa Defina Productions/Cecchi Gori Pictures/Fábrica de Cine. Elenco: Amdrew Garfield, Adam Driver, Liam Neeson, Ciarán Hinds, Issei Ogata, Tadanobu Asano, Shinya Tsukamoto.
Publicada el 1/3/2017.

Cuando nadie recuerde La La Land o la más respetable Luz de luna que compitieron por el Oscar mientras la Academia ignoraba Silencio (solo fue nominada a mejor fotografía, y tampoco ganó en ese rubro) se seguirá hablando de esta obra maestra de Martin Scorsese, y es posible que para entonces se hayan aclarado también algunos equívocos con respecto a la película. Por un lado, se sabrá que la atrocidad perpetrada por el tío Oscar es un escándalo similar al del año en que Un tiro en la noche de John Ford obtuvo también solamente una candidatura (a mejor vestuario: ¿alguien puede imaginar el trabajo que tuvo Edith Head para vestir de vaquero a John Wayne?), o a la vez que 2.001 Odisea del espacio de Kubrick no fue nominada. Pero es más llamativo el aparente desconcierto de una franja de cinéfilos que se ha sentido sorprendida, y declarado que “es muy atípica” o “no parece de Scorsese”. Esa afirmación puede ser hecha por distraídos que creen que Scorsese hace únicamente películas de mafiosos, pero es más imperdonable en otra gente.

En realidad no es tan difícil entender que Silencio constituye una “obra de amor” en la carrera del director de Taxi Driver, El toro salvaje o Pandillas de Nueva York. Pasó años planeándola, figura como colibretista, y maneja algunos temas que no resulta complicado inscribir en su formación católica y en una reiterada predilección por la violencia, la culpa, la traición y la redención. Vale la pena recordar que el hombre que hizo Buenos muchachos es también el director de La última tentación de Cristo, y que se ocupó del viaje espiritual del Dalai Lama en Kundun, otra película infravalorada.
Basada en una novela del fallecido actor y novelista japonés Shusaku Endo, Silencio se centra en dos sacerdotes jesuitas (Andrew Garfield. Adam Driver) que ingresan clandestinamente al Japón a comienzos del siglo XVII luego de que la brutal persecución religiosa diezmara a la población de conversos cristianos del país. Uno de los propósitos de esos misioneros es conocer el destino de su mentor, un sacerdote más veterano (Liam Nesson) con el que se ha perdido contacto y sobre quien se ha recibido informaciones contradictorias. Lo que sucede a partir de ahí conduce a varias paradojas acerca de la fe, la apostasía, el martirio y el compromiso. Hay algún descubrimiento descorazonador acerca de la conducta de Neeson, y hay después un dilema acerca de cómo debe actuar un creyente ante una situación extrema: las fronteras entre el heroísmo y la cobardía, la entrega por los demás y la traición se revelan incómodamente delgadas.

Scorsese sabe demasiado de cine como para ignorar que el título de su película remite al de otra dirigida por Ingmar Bergman cuyo contenido es similar aunque las anécdotas difieran: tanto en El silencio de Bergman como en esta epopeya religiosa de Scorsese, la sustancia última es el silencio de Dios, y cómo lidian con él quienes quieren seguir creyendo. Es posible que Scorsese no haya leído a Borges, pero hay también, por lo menos, un vínculo indirecto entre su película y la literatura del argentino, quien en algún lado imaginó que el verdadero Mesías no fue Jesús sino Judas desde el momento en que aceptó la humillación perfecta de ser Dios encarnado, y quedar en la memoria de los hombres como el arquetipo del traidor. En Silencio hay un personaje lateral que es una obvia paráfrasis de Judas, y su papel es por lo menos ambiguo: es él quien dispara algunos de los comportamientos del dubitativo protagonista Garfield.

Pero si Scorsese no leyó a Borges, es indiscutible en cambio que conoce la obra de Orson Welles. No es casual que la homenajee en un último plano que deriva directamente de El ciudadano, donde hay un objeto que se quema solamente visto por el espectador y acaso por Dios. Ese cierre replantea totalmente la conducta de alguno de los personajes, y abre una reflexión que se prolonga luego de que la película acaba. Como todo gran cine, Silencio es uno de esos títulos que crece luego de terminar.

Hace más de 68 años que veo películas, escribo sobre ellas hace más de 50.

Autor: Guillermo Zapiola

Hace más de 68 años que veo películas, escribo sobre ellas hace más de 50.

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