CINE URUGUAYO: UNA MINIHISTORIA (II)

Continuación de CINE URUGUAYO: UNA MINIHISTORIA (I).

El cine universal había comenzado a hablar a fines de los años veinte, con El cantor de jazz de Alan Crosland, que de hecho era un musical mudo donde lo que se oía eran las canciones de Al Jolson y algunas frases que el artista dirigía a su público mientras las interpretaba, entre ellas la icónica “ustedes no han escuchado nada todavía”.  Como de costumbre, en Uruguay demoró más, y la transición conoció todavía El pequeño héroe del Arroyo del Oro, película que durante demasiado tiempo casi todos los no tan estudiosos (entre ellos el firmante de esta nota) dataron hacia 1929 pero de la que no caben hoy dudas de que fue hecha tres años después. Fue el trabajo más importante de Carlos Alonso, hombre del interior, radicado en Treinta y Tres, que había realizado algunos documentales antes de lanzarse a esta empresa más ambiciosa  inspirada en hechos reales, para contar la historia de Dionisio Díaz, el pequeño treintaitresino que perdió la vida salvando a su hermanita de un año de las garras de un criminal (¿o varios?: hay sólidas razones para creer que la historia oficial del suceso es ficticia, aunque el heroísmo de su protagonista quede intacto), Le peripecia de Dionisio había sido contada  en prensa por el periodista José Sánchez Flores, y Alonso resolvió filmar la historia con la ayuda de un elenco donde asoma incluso un juvenil Alberto Candeau.

“El pequeño héroe del Arroyo del Oro” (1932).

El arranque de la película con su descripción de la ciudad de Treinta y Tres, recuerda los comienzos de Alonso como documentalista. Lo que sigue es más melodramático y primitivo, aunque no carece de frescura y autenticidad. Circuló durante años por salas del interior y luego desapareció hasta que se logró su recuperación en un operativo en el que intervinieron la viuda de Alonso y la Cinemateca Uruguaya.
El pequeño héroe era empero, aún, una película muda. Nuestro primer largometraje parlante, Dos destinos, serio candidato a encabezar el aporte uruguayo al Top Ten Worst planetario, fue rodado en 1936. El equipo de producción encabezado por el director Juan Echebehere, responsable (es un decir) de Dos destinos, montó un laboratorio de procesado y de sonido, armó un estudio y filmó la película en un predio cercano a Millán e Instrucciones. El resultado hay que verlo para creerlo, y todo el tinglado se desmoronó después del estreno del film. Echebehere también se perdió en el horizonte.

“Dos destinos” (1936).

Una aventura similar a la de Echebehere fue la emprendida por el productor teatral Domingo Mesutti, quien accedió a poner su chequera al servicio de la súbitamente descubierta vocación cinematográfica de su amante, la cantante de ópera Rina Massardi, que figura como directora, guionista, actriz, figurinista, decoradora y tres o cuatro cosas más de una película llamada justamente ¿Vocación?  (hay malas lenguas que sostienen que el verdadero director fue el fotógrafo) que también hay que verla para creerla aunque la cineasta haya podido ser reivindicada recientemente por sectores feministas que han afirmado que fue ignorada por su condición de mujer, así como víctima del capitalismo heteropatriarcal opresor.
A los efectos de esta nota importa más el dato de que los cheques de Mesutti permitieron improvisar un estudio (igualmente desaparecido muy pronto) donde, según la leyenda, había que detener el rodaje cada vez que se acercaba un tranvía porque el lugar no estaba blindado contra los ruidos de la calle.

“¿Vocación?”(1938).

Hay que tomar ese tipo de historias con un grano de sal, de todos modos, porque otra variante la atribuye a Radio Candelario, película de la misma época protagonizada por el cómico radial Eduardo Depauli, padre del actor Bimbo Depauli y muy popular entonces (sus representaciones en vivo llenaban teatros y estadios) y dirigida por Rafael Abellá, que bromea desde sus créditos acerca de la multiplicidad de laboratorios cinematográficos en un país en el que más bien no había cine.
En efecto, la película se anuncia como “una producción sin ton ni son”, lo cual no es solamente un adecuado comentario acerca de sus cualidades artísticas (Depauli repite una y otra vez sus clásicos estereotipos del paisano, el gallego o el italiano que habla en cocoliche) sino también a la existencia de dos estudios de rodaje sonoro de nombre similar, Cineton y Cineson.

“Radio Candelario” (1938).

De hecho, Radio Candelario se rodó en Cineson, en la calle Soriano al 1200, por donde también pasaba una línea de tranvías. Al parecer, y siempre de acuerdo a la leyenda, un empleado del estudio se quedaba parado en la esquina y cuando veía venir el tranvía avisaba a los cineastas, para que suspendieran el rodaje hasta que hubiera pasado, para evitar que los micrófonos registraran el ruido.
Radio Candelario clausuró durante ocho años  los intentos de hacer cine de largometraje en el Uruguay (poco antes se había filmado Soltero soy feliz, una comedia de la que solo han sobrevivido cinco fotogramas, dirigida por el doctor Juan Carlos Patrón, quien luego escribiría Procesado 1040,  y con la participación de la entonces muy popular Troupe Ateniense). . Fue también otro ejemplo del modo como se encaró demasiado a menudo la actividad cinematográfica en el Uruguay: sin recursos económicos, con poca infraestructura técnica, y a menudo a cargo de rematadores, cantantes de ópera, integrantes de troupes humorísticas, abogados, cómicos de radio y de tablado, gente toda muy respetable en sus respectivas profesiones pero que pocas veces ha tenido algo que ver con el cine. Así nos fue.

Continúa en CINE URUGUAYO: UNA MINIHISTORIA (III)

Hace más de 68 años que veo películas, escribo sobre ellas hace más de 50.

Autor: Guillermo Zapiola

Hace más de 68 años que veo películas, escribo sobre ellas hace más de 50.

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