OJOS BIEN CERRADOS

OJOS BIEN CERRADOS (Eyes Wide Shut). Estados Unidos/Reino Unido 1999. Director: Stanley Kubrick. Guión: Stanley Kubrick, Frederic Raphael, sobre novela “Traumnovelle”de Arthur Schnitzler. Fotografía: Larry Smith. Música: Jocelyn Pook. Producción: Stanley Kubrick. Elenco: Tom Cruise, Nicole Kidman, Sydney Pollack, Marie Richardson.
Publicada originalmente 12/9/1999.

Quienes conocen la novela original de Arthur Schnitzler en la que se basa esta película de Stanley Kubrick, sostienen que la adaptación escrita por el propio director y el libretista Frederic Raphael le es sorprendentemente fiel, más allá del obvio cambio de escenarios (Nueva York en tiempo contemporáneo, en lugar de la Viena de comienzos del siglo XX) y el añadido de un par de episodios. Ese dato puede ser crucial a la hora de entender Ojos bien cerrados: en su base hay un libro escrito en 1926 por un contemporáneo y amigo de Freud. No es casualidad que consista básicamente en una incursión en el universo del inconsciente y las fantasías sexuales, que provoca en el protagonista Tom Cruise los mismos terrores que debieron generar en los buenos burgueses vieneses de comienzos de siglo las afirmaciones del padre del psicoanálisis.
Hay por lo menos dos maneras de aproximarse a la película. Una de ellas es aceptarla como una suerte de suntuosa novela gótica con desenlace ambiguo, en la que el médico Cruise (otro de esos héroes “fríos” por los que Kubrick parecía sentir cierta predilección, como el Keir Dullea de 2001 o el Ryan O’Neal de Barry Lyndon) discute con su esposa Nicole Kidman que le enrostra imaginarias infidelidades, y a partir de allí se involucra con un grupo de acaudalados organizadores de orgías que primero lo desenmascaran, luego lo echan y finalmente lo amenazan para que olvide todo lo que vio. Durante ese trámite Cruise es fundamentalmente un testigo y no un partícipe, un turista en el País de los Pervertidos y no uno de sus habitantes.

En todo momento el film preserva la decencia básica de su protagonista, mostrando los sucesivos rechazos de posibles aventuras extramatrimoniales (con dos invitadas al comienzo, con la hija de un paciente recién fallecido luego, con una prostituta de buen corazón más tarde, con una adolescente explotada por su padre cerca del final), para en definitiva reunirlo con su esposa en una escena de mutuo sinceramiento sobre la que pende, sin embargo, alguna duda con respecto a términos como “siempre” y “verdad”. De todos modos, y por atrás de apariencias provocativas y hasta chocantes (la secuencia de la orgía puede agredir a una parte de su público), la película se presenta en último término como un canto a la fidelidad y una advertencia para quienes se sientan tentados a echar una cana al aire: pueden terminar llevándose el susto de su vida.
Esa lectura tiene empero el inconveniente de dejar demasiadas cosas sin aclarar. No explica las verdaderas motivaciones e incluso la suerte de las posibles víctimas de sus organizadores de orgías, tampoco explica satisfactoriamente algún descubrimiento que sacude a Cruise cerca del final. Y quedan todavía otros cabos sueltos en la anécdota, incluyendo la coincidencia entre las experiencias de Cruise y las pesadillas de su mujer. A partir de ahí se abren sin embargo las puertas a una segunda aproximación, quizá más adecuada. Para ello hay que volver a Schnitzler, al título de su libro (Novela de sueños), y otra vez a Freud. Entonces puede aceptarse que el espectador esta viendo es verdaderamente un sueño y por lo tanto no debe ser tomado con los criterios con que se atiende habitualmente a un drama naturalista sino con la actitud requerida por el cine “arte y ensayo” de los años sesenta, desde Persona de Bergman a Belle de jour de Buñuel. En esa perspectiva, los términos de “realidad” e “imaginación” no tienen sentido: lo que se proyecta en una pantalla no es la realidad sino una película,  y lo que Kubrick busca es sumergir a su público en un clima onírico, comunicar emociones y sensaciones, no contar una anécdota, nudo y desenlace.

Incluso si se acepta esa segunda lectura queda en pie la pregunta de si el esfuerzo valía la pena. Uno de los problemas con Kubrick es que era un individuo que se tomaba tanto tiempo en preparar cada película, se empeñaba tanto en demostrar que todo lo que hacía era excepcionalmente importante, que el observador tiene el derecho y hasta casi la obligación de cuestionar esa pretensión de autoimportancia. Con todo su aire de estar descubriendo la pólvora, Ojos bien cerrados proporciona una visión sorprendentemente superficial e ingenua de la sexualidad, casi la de un adolescente fascinado por desnudeces y erotismo grupal. Las escenas de presentación y el desarrollo mismo de la orgía, en particular, parecen una versión cara y más elegante de una película del “ciclo Poe” de Roger Corman, quizá La máscara de la Muerte Roja: no sorprendería demasiado que uno de los disfraces cayera, y uno se encontrara de pronto con la mirada de desprecio y la sonrisa irónica de Vincent Price.
El fastidio es que una vez que se han emitido todas las ironías del caso sigue habiendo un director de cine en Stanley Kubrick. El infalible sentido del encuadre, en no menos oído para un acompañamiento musical que abarca desde Ligeti a Shostakovich, el gusto por los interiores exquisitos y a menudo laberínticos a través de los cuales la cámara se desplaza enérgicamente, con una preferencia por el travelling de retroceso, casi una marca de fábrica del cineasta, confirman una vez más en Kubrick a un artesano superior, capaz de rodear su caprichoso asunto con una atmósfera y un envoltorio audiovisual de particular sugestión. Y hay todavía gratificaciones suplementarias en la pincelada de sarcasmo que describe a más de un personaje secundario (el empleado de hotel, el sórdido dueño de la tienda de disfraces), o el inesperado toque de emoción que culmina la segunda irrupción en el departamento de la prostituta. ¿Una obra maestra? Probablemente o (más bien) seguramente no. Pero, sin duda, la obra de un autor personal y comprometido con su material.

Hace más de 68 años que veo películas, escribo sobre ellas hace más de 50.

Autor: Guillermo Zapiola

Hace más de 68 años que veo películas, escribo sobre ellas hace más de 50.

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