HANNAH ARENDT

HANNAH ARENDT (Hannah Arendt). Alemania, 2012. Dirección: Margarethe von Trotta. Guión: Pam Katz, Margarethe von Trotta. Fotografía: Caroline Champetier. Música: André Mergenthaler. Elenco: Barbara Sukowa, Axel Milberg, Janet McTeer, Julia Jentsh, Ulrich Noethen, Michael Degen.
Nota publicada originalmente el 31/10/2013.

En la secuencia inicial, un grupo del Mossad secuestra en Buenos Aires al criminal de guerra nazi Adolf Eichmann. Un poco después, la famosa filósofa y pensadora política Hannah Arendt (Barbara Sukowa) es comisionada por la publicación The New Yorker para cubrir el juicio de Eichmann en Jerusalén.

Como muchos o por lo menos algunos saben, el resultado de ese encargo fue una serie de notas periodísticas, un libro (Eichmann en Jerusalén), la acuñación del concepto, luego tantas veces repetido (y a menudo mal comprendido) de la «banalidad del mal», y la abundante polémica de la judía Arendt con otros judíos (en particular, algunos líderes de sus comunidades bajo el nazismo) a los que acusó de colaboración acaso involuntaria con el Holocausto. Naturalmente, Arendt no es solamente esa polémica, y este film de Margarethe von Trotta que constituye un acercamiento solo parcial a la vida y la personalidad de su biografiada tampoco se agota en ella, aunque sea uno de los temas a los que presta más atención.

Por cierto, Arendt fue en su vida muchas cosas: la alumna brillante y amante juvenil de Martin Heidegger, decepcionada por la afiliación del filósofo al partido nazi pero defensora y difusora de toda una franja de su pensamiento; la pensadora independiente que cuestionó a algunas de las peores tiranías del siglo veinte cuando otros presuntos lúcidos expresaban sus simpatías por algunas de ellas (en ese aspecto, Los orígenes del totalitarismo sigue siendo un libro polémico pero esencial); la joven simpatizante del sionismo que luego tomó distancias con respecto a él sin dejar de cuestionar la creciente judeofobia musulmana. Si se quería meter toda esa vida en dos horas de película, el resultado habría sido la inevitable superficialidad. Margarethe von Trotta y su colibretista Pam Katz prefirieron centrarse en algunos aspectos del pensamiento y la biografía de Arendt, y fue una decisión sensata.

A la directora le gustan los personajes femeninos fuertes e independientes (recordar Las hermanas alemanas o Rosa Luxemburgo), y este acercamiento a Hannah Arendt no contradice esa vocación. La película se toma su tiempo para describir la cobertura del juicio a Eichmann, y no se trata de tiempo perdido. Una de sus mejores opciones cinematográficas es su incorporación de imágenes documentales del episodio, editadas en montaje alterno con las de la ficticia Arendt interpretada (espléndidamente) por Barbara Sukowa. En esos momentos se establece un interesante diálogo entre la realidad y la reconstrucción.

Mientras el criminal nazi despliega su patético alegato de inocencia («solo cumplí órdenes») casi se pueden oír los resortes cerebrales de Arendt funcionando, y tomando creciente conciencia de la colosal trivialidad del personaje. Allí nace, ante los ojos del espectador, la noción de «banalidad del mal»: no se trata de que Eichmann sea un monstruo. Hasta es posible que ni siquiera fuera especialmente antisemita. Es simplemente un mediocre burócrata que decidió aceptar el «statu quo» y no pensar. Ese es su pecado capital.

Es significativa la forma en que la película introduce en la acción a Martin Heidegger, a través de algunos flashbacks en los que Arendt evoca su pasada relación con el filósofo. No son gratuitos, ni mera chismografía de alcoba. Sirven, en cambio, para que von Trotta deslice una de sus ideas más sugestivas (e inquietantes). En el último de esos flashbacks (habría que confirmar si el episodio es auténtico o una invención de von Trotta y su colibretista Katz, pero a los efectos de la comprensión de la película el dato es irrelevante), Heidegger justifica su acercamiento al nazismo argumentando que «no sabe mucho de política». Súbitamente la conexión se produce, aunque quién sabe si Arendt la estableció en el mundo real. En último término, sugiere el film, la culpa de Heidegger es la misma que la de Eichmann. En un momento crucial de la historia, ambos se negaron a pensar.

Un film que es básicamente una discusión entre filósofos arriesgaba la aridez, pero von Trotta sabe evitarla. Su película contiene una gran labor de Sukowa, pero también una pintura jugosa del mundillo intelectual neoyorquino en el que Arendt se movió. Habría que averiguar si la ácida frase referida a Hemingway que el libreto pone en labios de Mary McCarthy es auténtica, pero es digna de quien la pronuncia.

Hace más de 68 años que veo películas, escribo sobre ellas hace más de 50.

Autor: Guillermo Zapiola

Hace más de 68 años que veo películas, escribo sobre ellas hace más de 50.

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