TESS

TESS (Tess). Francia 1979. Director: Roman Polanski. Guión: Román Polanski, Gérard Brach, Jhon Brownjohn, sobre novela de Thomas Hardy. Fotografía: Greoffrey Unsworth, Ghislain Cloquet. Música: Philippe Sarde. Elenco: Nastassia Kinski, Peter Firth, Leigh Lawson, David Markham, Rosemary Martin, Richard Pearson, Carolyn Pickles.
Publicado originalmente el 15/8/1980.

Tess devuelve un placer casi olvidado: el proporcionado por una película que atrapa a su espectador en su ancho discurrir novelesco, una línea de cine clásico que invita a evocar las figuras de William Wyler, George Stevens o David Lean. A partir de la obra de Thomas Hardy, Roman Polanski han levantado un amplio cuadro de la Inglaterra rural decimonónica: toda la primera parte apunta a las aspiraciones de ascenso social de la familia Durbeyfeld, descendientes venidos a menos de ciertos D’Uberville llegados a Inglaterra con Guillermo el Conquistador, quienes apelan a ese pasado glorioso para intentar casar ventajosamente a su hija Tess, aunque lo que consiguen en primera instancia para la muchacha sea un trabajo en el gallinero de la mansión de los nuevos ricos que han comprado los blasones de sus ancestros. Lo que sigue es la seducción de la protagonista por el hijo de la dueña de casa, el embarazo, la maternidad soltera, el choque con el prejuicio religioso que impide que un niño no bautizado no regularmente sea enterrado en el cementerio. Y otros prejuicios más inesperados surgen a lo largo del film, cuando un esposo racionaliza a través de su ideología presuntamente progresista lo que no es más que el rechazo machista de una mujer que ha tenido relaciones con otro hombre. Entre tanto todo un mundo del trabajo cotidiano y la diversión popular (la siembra, la cosecha, los bailes campesinos) surge en torno de la idea central.

La anécdota, compleja y azarosa, erizada de desencuentros amorosos y situaciones trágicas, lleva inevitablemente a hablar de melodrama. Hay que apresurarse en declarar, en todo caso que se trata de uno de los melodramas más controlados de la historia del cine. Es evidente el cuidado que Roman Polanski pone en no mostrar directamente un par de culminaciones (muerte del hijo, un asesinato), al igual que la ironía que atraviesa muchas situaciones y que acaso sea el rasgo más polanskiano de la película de la película: el padre de la protagonista que habla de la grandeza familiar mientras apenas puede mantenerse en pie a causa de la borrachera, o su disposición a vender su título nobiliario (“de ninguna manera por menos de mil libras”, aunque rápidamente baja a veinte); el mugido de una vaca que interrumpe el primer beso entre Tess y Angel; en lagrimeo de las jóvenes despechadas en la boda. Otro de los recursos empleados por el director para distanciar al espectador de posibles de posibles desbordes sentimentales es el uso de terceros no implicados en el drama, testigos ocasionales que malinterpretan datos o simplemente los ignoran: la mujer que recomienda a los esposos las virtudes del lecho conyugal o viene a traer comida al hombre (“porque un recién casado debe alimentarse correctamente”), ajena totalmente al hecho de que ese matrimonio se está desintegrando; la criada que espía por el ojo de la cerradura una discusión de los amantes (y más tarde encuentra al hombre asesinado); la vieja que descubre a los fugitivos en la mansión deshabitada. Incluso el testimonio más rotundo del amor que Tess siente por él no lo recibe Angel directamente, sino a través de otra mujer que también lo ama.

Hay una enorme soltura cinematográfica a lo largo del film. Una atmósfera misteriosa, apoyada en el diálogo apenas susurrado, los ruidos del bosque y la ausencia de música (que solo aparece al final de la escena), envuelve el momento de la seducción. Al confesar Tess a su esposo su anterior relación con otro hombre la mujer es enfocada en primer plano en un costado del cuadro, mientras el marido al fondo va quedando progresivamente fuera de foco, como si literalmente se fuera disolviendo bajo esa revelación. Y hay una constante referencia entre el paisaje y el drama: unos nubarrones al fondo del desolado paseo de la madre soltera; el viento que sacude a la protagonista que se dirige a la tumba del hijo, un restallante día soleado que parece acompañar a los personajes en un momento de felicidad; el bosque en otoño que prolongo la melancolía del esposo que ha expulsado a su mujer. El elogio debe extenderse a la labor de ambientadores y vestuaristas, a la apabullante calidad de la fotografía de Greoffrey Unsworth (que falleció durante el rodaje) y que Ghislain Cloquet, al desempeño de casi todo el elenco.

Casi todo el elenco. Porque el único punto débil del film se llama Nastassia Kinski: la escasa ductilidad de la actriz compromete or momentos la comprensión del proceso interior del proceso interior del personaje, y enfría por demás el dramatismo de algunas escenas que exigían otra convicción y otra vehemencia (alguien pensó en lo que hubieran hecho con ese personaje Vivien Leigh o Sarah Miles). La falla no llega a ser capital, porque la película no depende solo de ella sino también de todo lo que la rodea (hubiera sido más grave de David Lean, por ejemplo, porque el inglés seguía mucho más de cerca a sus actores) pero afea ligeramente una obra admirable por muchas razones.

Hace más de 68 años que veo películas, escribo sobre ellas hace más de 50.

Autor: Guillermo Zapiola

Hace más de 68 años que veo películas, escribo sobre ellas hace más de 50.

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