J.F.K.

J.F.K. (J.F.K.). Estados Unidos 1991. Director: Oliver Stone. Guión: Oliver Stone, Zachary Sklar sobre libros de Jim Garrison y Jim Marrs. Fotografía: Robert Richardson. Música: John Williams. Elenco: Kevin Costner, Sissy Spacek, Tommy Lee Jones, Laurie Metcalf, Gary Oldman, Michael Rooker, Donald Sutherland, Jack Lemmon, Joe Pesci, Walter Matthau, Kevin Bacon.
Nota publicada originalmente el 10/2/1992

Es probable que nunca se aclare satisfactoriamente quién ordenó la muerte de John Fitzgerald Kennedy y hasta quién o quienes ejecutaron la operación, más allá de un chivo expiatorio llamado Lee Harvey Oswald que fue convenientemente asesinado dos días después del magnicidio. De lo que quedan pocas dudas es de que si efectivamente Oswald fue uno de los criminales (y aún el punto puede discutirse) no actuó solo, y que la versión “oficial” del asunto proporcionada por la Comisión Warren tergiversó u ocultó mucha información relevante que apuntaba a la existencia de más de un asesino, y hasta una conspiración de vastos alcances en la que necesariamente debió estar involucrada gente importante.

Desde una película de aficionado que demuestra que el intervalo de los disparos recibidos por Kennedy fue menor que el tiempo requerido por el rifle de Oswald para colocar (por dos veces consecutivas) un nuevo proyectil en la recámara y hacer puntería a través de un árbol con follaje, hasta el testimonio de mucha gente que afirmó haber escuchado detonaciones desde una dirección diferente, la errática trayectoria de las balas (que a veces parecieron entrar por delante y a veces por detrás del cuerpo de Kennedy), las acciones realizadas por Oswald (o alguien parecido a él en días previos al crimen que buscaron deliberadamente llamar la atención, y hasta el ocultamiento de mucha documentación por razones de “seguridad nacional”, hubo demasiada cosa vinculada a la muerte de Kennedy que la Comisión Warren descartó con, por lo menos, excesivo apresuramiento.

Uno de los elementos a tener en cuenta, y no de los menos significativos, fue por cierto la personalidad del propio Lee Harvey Oswald, presunto marxista-leninista que renunció a la ciudadanía norteamericana, vivió un tiempo en la Unión Soviética y estuvo casado con una rusa, pero que a su vuelta a los Estados Unidos no tuov mayores inconvenientes en encontrar trabajo en industrias de interés estratégico al tiempo que se involucraba, casi simultáneamente con grupos castristas y anticastristas, no es difícil sospechar que estaba trabajando para unos e infiltrando a otros, aunque por supuesto los bandos pueden ser intercambiables. Sea como sea, y habida cuenta de todos esos elementos, no es de extrañar que el 78% de los norteamericanos encuestados al respecto descrean de la versión Warren del asesino solitario que mató a Kennedy y fue muerto por Jack Ruby, otro loco. Quizá haya que esperar hasta el año 2038, cuando mucho material sobre el caso Kennedy sea dado finalmente a la luz pública, para hacerse una idea más exacta de lo que ocurrió realmente. Casi todos los participantes van a ser entonces muy viejos, por lo menos.

Esta película de Oliver Stone se anticipa a algunas de esas revelaciones del siglo 21 y un primer mérito a apuntar a su favor es precisamente la dosis de coraje con que elabora una hipótesis que arroja sospechas, simultáneamente, sobre el complejo industrial-militar, la C.I.A., el F.B.I., la Mafia, la policía de Dallas y cubanos anti castristas, y hasta señalas a Lyndon Baines Johnson como instigador o por lo menos beneficiario consciente del crimen, que habría colaborado en el ocultamiento de pruebas contra los culpables. El hilo conductor elegido por Stone es la investigación realizada por el fiscal de Nueva Orleans Jim Garrison (Kevin Costner), quien proceso a un hombre de negocios y presunto agente de la C.I.A. vinculado a la extrema derecha anticastrista en conexión con el crimen de Kennedy, pero no llegó a reunir evidencia suficiente para obtener un veredicto de culpabilidad: muchos testigos se contradijeron o callaron, quizá razonablemente asustados (otros habían muerto ya en circunstancias sospechosas). Se le ha podido reprochar a Stone hacerle demasiado caso a Garrison (un periodista que odia a este último afirma que toda su investigación “un montaje cínico para conseguir publicidad”), pero el cineasta se ha defendido señalando que su película no se basa únicamente en el libro escrito por el ex fiscal sino también en otras fuentes que lo complementan, lo corroboran o lo introducen otros matices.

De todos modos parece claro que Stone esta tan enamorado de su teoría de un golpe de estado al servicio de Johnson que descarta con excesiva rapidez otras posibles interpretaciones (al pasar se menciona al desaparecido jefe del sindicato de camioneros Jimmy Hoffa, los mafiosos Traficante y Marcello o los comunistas cubanos, pero las referencias quedan en el mero apunte). Y es obvio además que el film toma partido por Garrison desde el momento que elige para encarnarlo al actor Kevin Costner quién desde El campo de los sueños de Phil Alden Robinson y más notoriamente en Danza con lobos y en Robin Hood, príncipe de los ladrones se ha venido perfilando como el arquetípico héroe liberal de los años noventa, el sucesor de Robert Redford en el papel de “buena conciencia de América”. Reforzando la idea, una escena clave aparece ambientada en el Lincoln Memorial, esa especie de símbolo de las mejores tradiciones de la democracia norteamericana). Si algo corresponde objetarle al film, pero eso no sería culpa de Stone, sino de cómo se han ido dando los hechos en la realidad misma, es más bien que a su alegato le ocurre lo mismo que al del fiscal Garrison: resulta bastante convincente a la hora de fundamentar que hubo una conspiración, pero carece de evidencia concreta para determinar en forma inequívoca quienes fueron los conspiradores.

No por ello el resultado deja de ser apasionante. Hay un exhaustivo trabajo de investigación en la base de J.F.K., e incluso quienes discrepen con las conclusiones de Garrison y Stone van a quedarse pensando en muchos de los argumentos que las sostienen. Por otra parte, el film no pretende ofrecer la “versión definitiva” del caso, sino constituirse en un llamado a la reflexión: las polémicas que ha provocado en Estados Unidos son un buen indicio de que ha dado en el blanco. Hay una visible habilidad de armado en el film, que arranca con un discurso de Eisenhower advirtiendo del peligro que significa para la democracia un excesivo poder del complejo industrial-militar, anota luego con otro material de archivo los principales acontecimientos políticos del período (el triunfo electoral de Kennedy, Bahía de Cochinos, la crisis de los misiles) y combina luego material documental y reconstrucción para informar los momentos anteriores y posteriores al asesinato, y el crimen mismo.

Lo que sigue tiene la garra y el nervio de una buena película de abogados, con interrogatorios, búsqueda de pruebas, gente que se contradice, contratiempos inesperados o no, y hasta las repercusiones que la creciente obsesión que el investigador provocan en el interior de su propia familia. El estilo periodístico elegido por Stone resulta muy adecuado, incluso porque le evita tener que apelar a los vericuetos de interioridad psicológica en los que probadamente no sabe manejarse (la inconvicción dramática de Nacido el cuatro de julio es una demostración bastante clara): su película acumula hechos, flashbacks que ilustran las declaraciones de los testigos y las especulaciones de los investigadores, hasta armar un rompecabezas cuyo interés impide advertir que la duración del film se aproxima a las tres horas y cuarto. Ciertamente Costner dista de ser el mejor actor del mundo, pero la galería de personajes secundarios está cubierta con amplia suficiencia por rostros reclutados entre casi todos los liberales de Hollywood (Lemmon, Matthau, Spacek, Sutherland) más un aporte de particular intensidad en Gary Oldman como Lew Harvey Oswald.

Para discusión de historiadores presentes y futuros queda la interpretación que el film propone del asesinato mismo y de lo que pudo haber sucedido si Kennedy si hubiera vivido: según Stone, Vietnam no hubiera ocurrido, y la historia habría sido muy diferente. Por esa vía el director, que fue voluntario a Vietnam, volvió desencantado y mucho más tarde hizo dos películas (Pelotón y Nacido el cuatro de julio) donde expreso cinematográficamente ese desencanto, se encuentra nuevamente con uno de sus temas recurrentes: las ilusiones del Sueño Americano (idealmente encarnadas en el mito Kennedy), las inquietudes de los años sesenta, y el posterior, brutal despertar a la realidad. Sigue siendo un hombre inquieto, que antes supo ocuparse también de política centroamericana (Salvador), manejos en el mundo de las altas finanzas (la demasiado edulcorada Wall Street) y entre telones de los medios de comunicación (La radio ataca), dónde el peso de los temas disimulaba en mayor o menor medida las irregularidades de inspiración. Es muy probable que J.F.K. sea su mayor logro hasta la fecha. En todo caso es un alegato poderoso y valiente, que pone sobre el tapete temas que importan e invita a discutirlos.

Hace más de 68 años que veo películas, escribo sobre ellas hace más de 50.

Autor: Guillermo Zapiola

Hace más de 68 años que veo películas, escribo sobre ellas hace más de 50.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *